Memorial Eterno
2010 — 2024 · 14 años
Corría hacia nosotros como si llevara toda la vida esperándonos. Así se quedó: esperándonos.
Nala llegó a casa una mañana de primavera de 2010: una bola de pelo dorado que cabía en dos manos y que en una semana ya mandaba en toda la casa.
Durante catorce años fue la primera en la puerta y la última en irse a dormir. Aprendió a esperar en la ventana a los niños cuando volvían del colegio, a robar calcetines solo para que la persiguieran, y a apoyar la cabeza en la rodilla exacta de quien peor día había tenido. Nunca falló.
Amaba el mar por encima de todas las cosas. Cada verano, en la playa, corría hasta que se le acababa la arena, y volvía empapada y feliz, orgullosa de algún palo enorme que arrastraba como un trofeo.
Se fue en octubre de 2024, dormida, con su manta de siempre y todos los suyos alrededor. Nos enseñó lo único que de verdad sabe enseñar un perro: a querer sin condiciones y a alegrarse siempre, siempre, de vernos llegar.
Corría hacia nosotros como si llevara toda la vida esperándonos. Así se quedó: esperándonos.
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